La economía circular no empieza en el contenedor de basura, sino en la forma como una organización concibe sus productos, define sus empaques y administra los materiales que entran y salen de sus procesos.
Durante décadas, muchas empresas han trabajado bajo una lógica lineal: extraer, producir, vender, usar y desechar; la transición circular propone cambiar esa secuencia por un sistema en el que el valor de los materiales se conserve durante más tiempo, se reduzca la presión sobre los recursos naturales y se disminuya la generación de residuos desde el diseño.
Una hoja de ruta circular debe iniciar con una pregunta sencilla:
¿Qué parte del producto o del empaque se convierte más rápido en residuo?
Esta pregunta permite identificar los puntos críticos del ciclo de vida. Para una empresa de alimentos, puede estar en los empaques de un solo uso; para una institución pública, en los insumos de oficina, requisitos de radicación física de informes por parte de sus operadores, equipos electrónicos o materiales impresos; para una industria, en sobrantes de producción, embalajes secundarios o productos con baja reparabilidad.
El primer paso no es hacer grandes inversiones, sino mapear materiales, cantidades, costos, proveedores, usos y disposición final.
Productos, empaques y residuos: el punto de partida de la economía circular
Productos:
En materia de productos, el enfoque circular exige revisar su diseño, durabilidad, reparabilidad, modularidad y posibilidad de reincorporación al sistema productivo. Bocken, de Pauw, Bakker y van der Grinten (2016) plantean que las estrategias de diseño circular pueden orientarse a ralentizar los ciclos, cerrar los ciclos o reducir el uso de recursos.
En términos prácticos, esto significa fabricar productos que duren más, que puedan repararse, que usen menos materiales vírgenes y que faciliten la recuperación de componentes al final de su vida útil. La circularidad, por tanto, no se limita al reciclaje: empieza en la decisión de diseño.
Empaques:
El segundo componente de la ruta son los empaques: un empaque circular debe ser necesario, eficiente, seguro y compatible con sistemas de reutilización, reciclaje o compostaje cuando sea viable.
La Fundación Ellen MacArthur (2021) ha concluido que los empaques problemáticos o innecesarios deben eliminarse mediante rediseño, innovación y nuevos modelos de entrega; también plantea que la reutilización debe aplicarse cuando tenga sentido ambiental, económico y logístico.
Esto obliga a revisar si el empaque cumple una función real, si puede reducirse su peso, si contiene mezclas difíciles de reciclar o si pudiese sustituirse por esquemas retornables, recargables o reutilizables.
Residuos:
La tercera entrada es la gestión de residuos: en una ruta circular, los residuos deben entenderse como información. Cada bolsa, caja, merma, envase o componente descartado revela una falla de diseño, de compra, de operación o de consumo; por eso, la organización debe separar los residuos por tipo, medirlos periódicamente y establecer indicadores como:
- Kilogramos generados
- Porcentaje aprovechado
- Costo de disposición
- Ingresos por valorización
- Reducción por área o proceso y materiales críticos.
Fundación Ellen MacArthur (2016). Sin datos, la circularidad se convierte en una declaración de intención; con datos, se vuelve una herramienta de gestión.
Cómo estructurar una hoja de ruta circular operativa
Una hoja de ruta operativa puede estructurarse en cinco momentos:
- El primero es el diagnóstico de flujos de materiales: qué se compra, en qué cantidad, para qué se usa y qué residuo genera.
- El segundo es la priorización, seleccionando productos o empaques con alto volumen, alto costo, alto impacto ambiental o baja tasa de aprovechamiento.
- El tercero es el rediseño, que puede incluir eliminación de materiales innecesarios, estandarización, reducción de gramaje, incorporación de contenido reciclado, reparación, retorno o recarga.
- El cuarto es la implementación piloto, con metas medibles y responsables definidos
- El quinto es la evaluación, para comparar resultados, ajustar proveedores, modificar procesos y escalar las soluciones que funcionen. United Nations Environment Programme. (2018).
Compra circular, indicadores y decisiones basadas en datos
Este proceso debe acompañarse de criterios de compra circular. No basta con pedir productos “amigables con el ambiente”; es necesario exigir información verificable sobre composición, vida útil, reparabilidad, garantías, disponibilidad de repuestos, reciclabilidad, contenido reciclado, logística inversa y certificaciones aplicables; en el caso de empaques, conviene evitar materiales multicapa que no tengan ruta clara de aprovechamiento, reducir tintas y aditivos innecesarios, preferir diseños monomateriales cuando sea posible y asegurar que exista infraestructura local para recuperar el material.
También es importante evitar una confusión frecuente: reemplazar un material por otro no siempre significa avanzar hacia la circularidad.
Cambiar plástico por papel, bioplástico o vidrio puede generar otros impactos si aumenta el peso, el consumo de agua, las emisiones de transporte o la pérdida de producto; por eso, la decisión debe considerar el ciclo de vida completo y no solo la percepción del consumidor.
Stahel (2016) recuerda que una economía circular requiere una nueva relación con los bienes y materiales, orientada a conservar valor, ahorrar recursos y generar empleo local; esa perspectiva obliga a pensar en sistemas, no solo en objetos.
Para que la ruta sea viable, la organización debe asignar responsables, presupuesto, metas e indicadores. Algunas metas iniciales pueden ser:
- Reducir en 20 % los empaques de un solo uso
- Incorporar criterios circulares en el 50 % de las compras
- Medir mensualmente los residuos por proceso
- Implementar un piloto de empaque retornable
- Establecer acuerdos con gestores autorizados para materiales aprovechables.
Geissdoerfer et al (2017). La clave es empezar por acciones medibles y escalables, no por discursos generales.
Finalmente, una hoja de ruta circular debe integrar productos, empaques y residuos en una misma estrategia. Si solo se gestiona el residuo, se llega tarde al problema; si solo se rediseña el producto, pero no se modifican compras, proveedores y hábitos de uso, la mejora será limitada e insuficiente; y si solo se cambia el empaque sin medir resultados, se corre el riesgo de trasladar impactos.
Empezar por productos, empaques y residuos permite construir una transición concreta: diseñar mejor, comprar mejor, usar mejor y recuperar más valor; esa es la base práctica de una circularidad posible, verificable y sostenible.
Preguntas frecuentes:
¿Qué es una hoja de ruta de economía circular?
Es una estrategia que permite a una empresa identificar cómo circulan sus materiales, productos, empaques y residuos para reducir desperdicios, conservar valor y mejorar sus procesos.
¿Por dónde debe empezar una empresa que quiere aplicar economía circular?
Debe empezar por mapear materiales, cantidades, costos, proveedores, usos y disposición final para identificar los puntos donde se generan más residuos o pérdidas de valor.
¿Qué indicadores puede usar una empresa para medir circularidad?
Puede medir kilogramos de residuos generados, porcentaje aprovechado, costo de disposición, ingresos por valorización, reducción por proceso y materiales críticos.
¿Cambiar un material por otro siempre mejora la circularidad?
No necesariamente. La decisión debe considerar el ciclo de vida completo, porque un cambio de material puede aumentar peso, transporte, consumo de agua, emisiones o pérdida de producto.

En Russell Bedford Colombia, acompañamos a las empresas a estructurar estrategias de sostenibilidad prácticas, medibles y alineadas con su realidad operativa.


















